Contrainsurgencia y miseria. Las políticas de combate a la pobreza en América Latina

Zibechi, Raúl (2010). México: Editorial Independiente Pez en el Árbol.
por Tommaso Gravante
Las políticas sociales institucionales  han jugado desde siempre un papel relevante e imprescindible en las estrategias de Estado para disolver las prácticas no capitalistas y los contextos en los que estas nacen y se desarrollan,  intentando direccionarlas hacia prácticas de carácter más acorde a lo estatal. Y no es ninguna novedad. De acuerdo con las estrategias de la Guerra de Baja Intensidad (GBI), la aparición y posterior desarrollo de organizaciones destinadas a impulsar el desarrollo económico y la cooperación internacional —como es el caso de la USAID (United States Agency for International Development) en 1961— se inserta en el plan  forjado por el Pentágono para controlar «las mentes y los corazones» de los países no alineados con EEUU, y que, por cierto, en la actualidad se definen como aquellos no conformes con el consenso de Washington.
El desarrollo de las tácticas de GBI ha puesto de manifiesto que el mejor camino para someter los hábitos y espacios no mercantilizados a los intereses estadounidenses es no hacerlo por la fuerza. De lo contrario, se generaría una actitud de resistencia en los organismos y actores sociales objetos de la subyugación, que sería contraproducente para tal fin. En lugar de eso, se observó que lo más eficaz era someterlos de forma aparentemente suave con proyectos retóricamente urdidos para encajar en el discurso del sometimiento no violento. Se trata de proyectos “acaramelados” que contemplan la inclusión social y la participación ciudadana. Actualmente, las políticas internacionales de “combate a la pobreza” cumplen esta función.
Contrainsurgencia y miseria es una fértil reflexión de Raúl Zibechi de los modos y procedimientos de la “nueva gobernabilidad” que se están dando en América Latina, como un intento de las élites de dominar los movimientos desde abajo. El autor, en la primera parte de su nuevo libro, nos recuerda como históricamente las actuales políticas sociales en la región latinoamericana son herederas del “combate a la pobreza” promovido por el Banco Mundial, después de la derrota de EE.UU. en Vietnam y de las nuevas estrategias de contrainsurgencia elaboradas por los think tank del Pentágono.
El símbolo de los vínculos entre políticas militares y políticas sociales fue Robert McNamara que, después de dirigir el Pentágono de 1961 hasta 1968, fue nombrado director del Banco Mundial. Es bajo la dirección de McNamara cuando el Banco Mundial adopta un marco teórico y político que constituyó el centro de las políticas públicas de los gobiernos “comprometidos” con la lucha contra la pobreza. Con el objetivo de superar la pobreza a través del aumento de la “productividad de los pobres”,  es decir, mediante la inserción de los pobres en actividades productivas vinculadas al mercado. De este modo, no solamente se ocultaba la explotación de la que eran víctimas, sino que se aislaba la pobreza de las relaciones políticas, económicas y sociales hegemónicas.
Otro paso necesario para desarrollo del “imperialismo blando”, denota Zibechi, es la aparición de organizaciones especializadas en contribuir a elevar la renta, así como el nivel adquisitivo y de vida de la población de los países no desarrollados: las Organizaciones No Gubernamentales (ONG). En la década de 1990 la expansión de las ONG fue una de las nuevas estrategias del Banco Mundial para hacer a los nuevos desafíos globales que se planteaban, como por ejemplo las revueltas populares. Pero más que por la cantidad de ONG incorporadas en el nuevo contexto de cooperación internacional, el cambio se produjo dentro de las organizaciones no gubernamentales gracias a un creciente proceso de institucionalización y mayor profesionalización, con el objetivo común de conseguir financiaciones e inversionistas. Con este proceso las ONG usurparon tanto el espacio político de los movimiento de base, cooptando los líderes locales, como acaparando el espacio tradicionalmente ocupado por la izquierda.
Además, para enfrentar la nueva coyuntura propiciada por la fuerte deslegitimación del  modelo neoliberal, el Banco Mundial impulsó la creación de incentivos microeconómicos que complementasen las bases macroeconómicas del neoliberalismo; planes todos ellos promovidos por las agencias de desarrollo y las ONG. Sirvan de ejemplos el Plan Solidaridad (PRONASOL) en México y el Proyecto de Desarrollo de los Pueblos Indios y Negros de Ecuador (PRODEPINE).
Zibechi analiza cómo de la mano de los proyecto de cooperación internacional se instauró en los últimos años un conjunto de conceptos e ideas clave, que se han convertido en el nuevo sentido común que rige la actividad política y teórica. El concepto de sociedad civil es uno de ellos. El término fue introducido por la cooperación bajo el paraguas del Banco Mundial. Un concepto neutro, amplio y flexible, ambivalente; tal es la amplitud del referente del concepto que es difícil comprender quién queda fuera y qué sectores sociales forman parte de esa sociedad civil. Pero, subraya el autor y activista uruguayo, que ningún concepto es neutro. Al hablar del término de sociedad civil hacemos alusión a una idea derivada de la historia y parámetros socioculturales europeos, ajeno a la realidad latinoamericana y que promueve una sociedad armónica integrada por actores que buscan el consenso y operan a través de él; transformando así todo los conflictos en diferencias marginales. De esta forma desaparecen conceptos como oprimido/opresor y explotado/explotador, a favor del beneficiario/benefactor.
En las nuevas políticas sociales, el actor protagonista son las ONG. Son estas las encargadas de definir los espacios y modos de participación y ejercicio de la ciudadanía. Ciudadanos definidos como tales por las instituciones estatales sin contar con ellos para definirlas, corregirlas o negarlas.
En síntesis, las organizaciones sociales son instituciones creadas desde las nuevas gobernabilidades para el control de los gobernados, institucionalizando y jerarquizando  los movimientos sociales y creando una camada de interlocutores para el Estado. En la última parte del libro, Zibechi fortalece sus argumentos con una serie de ejemplos tomados desde la realidad latinoamericana. Pasando de los sin techo de Bahía, en Brasil, a los “hurgadores” uruguayos; de la experiencia de Boca Sur en Chile, a la gestión del agua en Cochabamba; Raúl Zibechi nos relata cómo las nuevas gobernabilidades —que toman vida con las políticas sociales— representan un ataque en profundidad a los espacios de autonomía conquistados por los movimientos. Esta invasión silenciosa es tan peligrosa como la intervención militar, ya que busca conseguir los mismos objetivos pero de forma menos ostensible.
El último trabajo de Raúl Zibechi es fundamental para comprender las nuevas estrategias de dominación que se están presentando bajo el telón de fondo de la globalización y que utilizan las políticas sociales como si del caballo de Troya se tratase. Además, el análisis que hace el investigador uruguayo es oportuno en este momento histórico, cuando algunos movimientos anti sistema en América Latina están viviendo un intenso debate interno sobre la importancia de seguir dependiendo de lo que el Estado y los instituciones financieras, por medio de las ONG, proporcionan. O eso, o seguir caminando hacia la autogestión de sus vidas e intentando esbozar otras sociedades.