Capitalismo Cognitivo y lucha por el código

Por Francisco Sierra Caballero

En los últimos años, especialmente a partir de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, auspiciada por la UNESCO en Ginebra, es un lugar muy común plantear en las políticas públicas la importancia y centralidad de las nuevas tecnologías como herramientas de interlocución y deliberación ciudadana. Con frecuencia, sin embargo, los discursos que defienden el papel de la revolución digital en nuestras democracias como una aportación positiva al desarrollo del espacio público más que contribuir al progreso ocultan muchos de los problemas que para nuestra democracia plantea el reto de transformación de los medios digitales. Periodistas, politólogos y responsables públicos coinciden, en este punto, en resaltar, generalmente, el papel revitalizante que la cibercultura tiene hoy para la participación y acceso al espacio público y la gobernabilidad. Pero en todos los casos, estos pronunciamientos y discursos eluden pensar las lógicas y contradictorias formas de integración entre Medios Digitales y Sistema Político.  Al hablar de Comunicación y Democracia la inercia común es comenzar reproduciendo, en la galaxia Internet, ideas recurrentes que resultan, por obvias, inoperantes, al incidir, como es el caso de la telefonía móvil, en cuestiones coyunturales, tecnológicas, o insignificantes, de puro vanguardismo tecnológico, carente de criterio, sin capacidad de generación de debate público, ni proposición de enmienda del actual estado de falta de control y déficit democrático que afecta a nuestras instituciones de gobierno y de representación, si hablamos del desarrollo y configuración de la red telemática. Entre la opinión pública, se ha instalado, de hecho, como resultado de décadas de intensivo proceso de privatización de las telecomunicaciones, que todo lo relativo a los medios digitales es una opción de consumo, y no un ámbito de derechos y obligaciones.
En este escenario, toda apología de Internet sirve sólo, a todos los efectos, al interesado encubrimiento de la apropiación privada de los medios, y por ende, del capital cultural disponible en el nuevo ágora virtual, siempre a favor, como es evidente, de las clases y grupos más privilegiados. Los datos de la UNESCO resultan, a este respecto, aleccionadores. Décadas de privatización del espectro radioeléctrico y de la red de telecomunicaciones no solo han agravado las diferencias entre países, regiones y ciudadanos, sino que además, de manera notable, se han profundizado las desigualdades y desequilibrios en nuestras sociedades, excluyendo sectores vulnerables como mujeres, jóvenes, inmigrantes y minorías étnicas a recursos estratégicos que el mercado no provee en condiciones aceptables.

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