La ciudad soy yo. Intimidades metropolitanas

Por Francisco Cruces
La metrópolis tardomoderna no es mero skyline. Es proliferación de narrativas del yo: historias idiosincráticas y agonísticas sobre la agencia del sujeto para crearse un espacio propio que resulte coherente con su biografía, trayectoria y expectativas.

Las imágenes dominantes para expresar lo urbano proceden masivamente del espacio construido. Arquitecturas emblemáticas, skylines, rascacielos, densidad de edificación en altura, centros históricos, redes viales, infraestructuras innovadoras, monumentos conmemorativos y conjuntos habitacionales buscan condensar, por sinécdoque, la singularidad metropolitana de París, Nueva York, Shangai o Ciudad de México. La torre Eiffel, la Quinta Avenida, el Ángel de la Independencia, al evocar lo típico y lo tópico, establecen lugares comunes tanto en un sentido físico como discursivo.

Un paso más allá de dicha imaginería, encontramos que el repertorio conceptual disponible para pensar las ciudades y nuestra experiencia en ellas -aquello que Louis Wirth (1938) tipificara como ‘el urbanismo como modo de vida’- procede mayoritariamente de las metáforas del espacio público legadas por la sociedad industrial: el ágora helénica, mito de origen de la democracia moderna; la plaza barroca, con sus fastos teatrales y su sentido de espectáculo ofrecido al pueblo; la cadena de montaje, quintaesencia de economía de tiempos, coordinación de tareas y división funcional del trabajo; el galpón fabril, escenario de producción en masa y disciplinamiento de un ejército laboral; el laboratorio científico, con su ascesis racionalista y progresiva; la vía rápida, junto con su natural opuesto, el sempiterno embotellamiento de tráfico; el mercado, encarnación insondable de los procesos abstractos e implacables de la comodificación, la autorregulación por concurrencia de oferta y demanda y la mediación generalizada de las relaciones humanas por la forma mercancía en un mundo poblado de objetos; el parlamento, resultante de principios no menos abstractos de representación delegada y elaboración discursiva de la voluntad política(1).

Figuras de lo urbano

Durante las últimas décadas, la fisonomía de las grandes ciudades ha cambiado a resultas de un haz de procesos que, siguiendo una tradición ya larga en geografía humana, podemos denominar metropolización. Incluye la globalización económica y cultural del sistema de ciudades; su articulación política a nivel supranacional; la congestión en los centros principales de la red por acumulación de mercancías, personas y actividades; la atribución a dichos nodos de funciones de coordinación a escala planetaria; la multiplicación de megápolis y bidonvilles o global slums en países en desarrollo; la extensión de la marcha urbana y la formación de regiones metropolitanas según patrones conurbados, difusos, lineares, reticulares, policéntricos o discontinuos de crecimiento; la segregación, privatización, amurallamiento, guetización y gentrificación de espacios residenciales; las migraciones masivas; el impacto de la transnacionalidad, la multiculturalidad y las políticas de reconocimiento de las diferencias; la emergencia de modos variados de cosmopolitismo y mutualidad; la individuación extrema y su complementario, una creciente dependencia institucional de los sujetos sociales.

En el corazón de esta densificación de lo urbano, se halla la revolución tecnológica de la década de 1970, en particular el auge imparable de la telecomunicación y la informatización (Ascher, 2004). Pero conviene insistir, siguiendo el call for papers de este volumen, en el carácter multidimensional del proceso. Sus implicaciones se producen simultáneamente en los planos tecnológico, político, económico, espacial y comunicacional.

A resultas de ese paisaje cambiante, una segunda generación de imágenes se ha ido añadiendo a nuestro bagaje conceptual para pensar las ciudades. El nodo, la red, el flujo, la conexión, el proyecto, el hipertexto, el monitor, el robot, el software libre son algunos de los tenores de predicación invocados en la literatura para captar los aspectos tardomodernos, fluidos, cibernéticos, transnacionales, interactivos y emergentes de las actuales formas de vida urbana -que ya no cabían, o lo hacen solo a medias, en la concepción clásica-. La ciudad que aflora en la modernidad tardía ha recibido apellidos variados: informacional (Castells), global (Sassen), mundial (Hannerz), líquida (Bauman), metapólica (Ascher), posmoderna (Berman), creativa (Florida), poliédrica (Low)…

Consideremos, por ejemplo, las afirmaciones de Ascher (1995) al constatar, refiriéndose a la forma del Gran París de la década de 1990, que una ciudad conectada con la economía global tiende a trastocar su relación centro-periferia, para tornarse ‘metastática’ mediante una proliferación de nodos y espigas donde la distancia al centro ya no se concibe espacialmente, sino en términos temporales.

Para este autor, la tercera revolución urbana corresponde a una sociedad sobreindividualizada e hipermóvil, la ‘sociedad hipertexto’, donde la producción en masa cede paso al servicio bajo demanda, y las identidades sociales únicas a las múltiples (Ascher, 2004, pp. 55 y ss.). En parecida vena, la reflexión de Boltanski y Chiapello sobre el nuevo espíritu del capitalismo delinea una ‘ciudad por proyectos’ (2002), donde priman nuevas pautas de liderazgo organizativo y empresarial guiadas por valores de flexibilidad, relacionalidad, apertura y empleabilidad’, las cuales instalan una nueva economía política, crítica con los estándares de legitimidad precedentes.

Desde presupuestos un tanto distintos, en un agudo ensayo sobre la destrucción de las torres gemelas por Al Qaeda, el analista literario Ralph Cintron bucea en las razones que la motivaron, hallándolas en la propia ‘retórica hiperbólica’, típicamente heroica y moderna, que rodeó su edificación desde la década de 1980: una retórica del vencimiento de límites a toda costa, de la superación y el exceso, enunciada poéticamente, mejor que nadie, por Michel de Certeau desde lo alto de esas mismas torres (Cintron, 2009).

Otro ejemplo en dirección a una comprensión de los cambios radicales que experimenta nuestro régimen urbano lo constituye la sinuosa etnografía de Bruno Latour y E. Hermant de una París ‘invisible’, efectuada como cartografía de conexiones parciales (1998).

En su experimento de hipertexto literario y visual, el hilo narrativo salta de los constructos de un sistema experto a otro (de la ordenación del tráfico al mapa patrón, de la investigación neurológica a la previsión meteorológica, de la policía al café), en una cronotopía de espacialidad reticular y temporalidad hiperreal. Entre los dispositivos movilizados para esa descripción destaca el oligóptico: cualquier observatorio de la totalidad urbana que, a diferencia del paranoide panóptico de Bentham, permita reconstruir lo real por la vía de simplificarlo, es decir, reduciéndolo a pocos, pero legibles, parámetros de control.

¿Qué tienen en común estas nuevas figuras de lo urbano? Tal vez el hecho de que, por mediación suya, el proyecto civilizatorio decimonónico contenido en la idea de urbanidad (las promesas de convivencia en común y de saber vivir propias de toda vida urbana) es puesto al día bajo la guisa de un ‘nuevo espacio público’. En ocasiones el acento vendrá dado en los aspectos de ruptura respecto a rasgos clave de la primera modernidad (su optimismo, su artificialismo proyectista, su omnipotencia tecnológica). O, por el contrario, se contemplarán explícitamente como radicalización de algunos de sus principios básicos en una fase avanzada (Berman, 1988; Giddens, 1991; Ortiz, 2000). En último término, de lo que se trata es de actualizar las metáforas raíz que nos permitan pensar conjuntamente aquello que sigue siendo público, urbano y moderno.

Privado/doméstico/íntimo

El objeto de la investigación que aquí se presenta son las transformaciones del habitar en Madrid y su relación con los procesos de metropolización. Su suelo conceptual no deriva por tanto, de manera directa, de una representación de lo urbano a partir de la esfera pública. Propongo mirar la ciudad desde otro lugar: los espacios doméstico, privado e íntimo. Constituyen los términos (no explícitos, ni marcados) a los cuales reenvía implícitamente, por oposición, la definición de lo público. Sin ese contraste, carecería de sentido.

Una definición estricta excede nuestro propósito; nos limitaremos a indicar que, en términos empíricos, se produce una relativa superposición entre tales ámbitos. En cuanto tipos ideales, los conceptos de privado, doméstico e íntimo remiten a conceptualizaciones de diferente orden y profundidad temporal. El primero comporta una acotación de derechos política y jurídicamente diferenciados; una esfera, como ha mostrado Habermas, surgida lentamente desde la Ilustración en Occidente. La segunda hace referencia a las funciones de la reproducción biológica y social de los grupos, tan universal como lo pueda ser la posesión de alguna modalidad de hogar, parentesco o crianza.

La esfera de la intimidad, por su parte, alude al desarrollo y reconocimiento de una subjetividad singular, única; un fenómeno mucho más reciente, fuertemente moderno, estrechamente vinculado a la utopía iluminista de realización individual a través de las relaciones personales y amorosas. En la investigación concreta encontramos, empero, la imposibilidad factual de desimbricar la maraña de relaciones que se traman entre esos tres ámbitos, entre otras razones porque son practicados por los mismos actores y en los mismos espacios(2).

Siguiendo a autores como Giddens (1991), propongo la centralidad de esas esferas de cara a comprender las formas contemporáneas de urbanidad. Sus cambios de hondo calado se manifiestan de múltiples maneras en el terreno de la subjetividad, las relaciones personales y los proyectos de vida, especialmente entre los sujetos más jóvenes. Sin embargo, por su carácter relativamente silencioso, pueden pasar inadvertidos.

En el discurso, planificación y gestión urbanas tales esferas son pensadas como subordinadas: lugar del consumo, la reproducción de la fuerza de trabajo o el repliegue en lo personal. Mas es plausible que esa misma infrarrepresentación contribuya a la subordinación (a fin de cuentas, no se trata de las ‘cosas importantes’: la producción, el trabajo, la polución, la venta de suelo, el tráfico, la delincuencia, la política). A propósito de esto, en una compilación relativamente reciente sobre espacios domésticos, tras constatar la escasez de estudios sobre el tema y defender su pertinencia, la geógrafa Beatrice Collignon y el historiador Jean-François Staszak observan: «En un sistema masculino que valora el espacio público, el espacio doméstico constituye, en las representaciones comunes pero quizás también en las científicas, un espacio secundario, menor. Se puede establecer la hipótesis de que el primero constituye un objeto científico más noble, que se apropian y reservan los investigadores, mientras que el segundo es abandonado a las investigadoras, lo cual explicaría que hayan estado sobrerrepresentadas en este coloquio. Una hipótesis paralela: ese desequilibrio debe interpretarse como una subrrepresentación masculina, habiéndose anticipado las investigadoras a tomar conciencia del interés científico que alberga el espacio doméstico, el cual ellas conocen y practican de antemano» (Collignon y Staszak, 2003, p. 6, traducción propia).

Coincido con estos autores en que el estudio no se limita al ámbito de la privacidad estrechamente entendida -reducida etnocéntricamente a un interior inanalizable, caja negra sin consecuencias, al arbitrio de un sujeto aislado-. Por el contrario, entre las mutaciones más llamativas de la urbe contemporánea se hallan ensayos, experiencias y rupturas que se despliegan relacionalmente en tales ámbitos, permeando al conjunto de la vida social. Mencionemos algunas: la problematización reflexiva de las relaciones familiares y de pareja; la entrada en representación de todo tipo de diferencias de género, clase, raza y etnicidad; la liberalización de la expresión sexual; la implosión de los modos convencionales de presentación del yo en la vida cotidiana; la ebullición constante de formas de subjetividad, sociabilidad y corporalidad; la mediación de las mismas por nuevos dispositivos, lenguajes y tecnologías; la universalización de la noción de ‘proyecto vital'(3).

En el centro de estos procesos se halla la producción de sentido: las poéticas cotidianas mediante las cuales se firman como propios los objetos, tiempos y espacios; se despliega la identidad personal y grupal; se registra y guarda la memoria compartida; se imagina y coloniza el futuro; se enfrenta resilientemente el dolor; se cuida y embellece el cuerpo; se elaboran los conflictos y los duelos. Más allá de una mirada estetizante al life style de las clases culturales cosmopolitas -quienes, a la manera de las vanguardias artísticas, buscan de forma programática hacer de su vida un arte (Grois, 2010)-, la intimidad de todo habitante de la urbe es el locus de una inusitada productividad que merece ser descrita e interpretada etnográficamente.

Algunos de estos fenómenos conciernen justamente a los límites entre lo que damos en considerar público o privado. Las fronteras entre trabajo y ocio, producción y consumo, profesional y personal, propio y ajeno, se han tornado crecientemente móviles para muchos sujetos. Ese sería el caso, por ejemplo, de creadores jóvenes que producen nuevas tendencias culturales trabajando por proyecto, moviendo sus intereses a través de la Red y circulando con fluidez entre los saberes formales y los informales, las relaciones on y off line, el trabajo y la sociabilidad festiva (García, Cruces y Urteaga, 2012).

Así, a partir de prácticas cotidianas desplegadas fuera de la luz dura del espacio público, las divisorias que mantenían separadas esas regiones de experiencia son desdibujadas y puestas en cuestión. Con ello se tensiona un sentido común urbano que creíamos sólido. Sin dejar de vertebrar la experiencia contemporánea, se ve pluralizado y contestado. Parodiando a Marx y Berman: ¿será que todo lo público se desvanece en el aire?

Artículo completo

TELOS – Revista número 93 – Octubre – Diciembre 2012