Ciudades y redes: transformaciones recíprocas

Por Néstor García Canclini
El presente Dossier, dedicado a «Espacios urbanos y redes tecnológicas: transformaciones recíprocas», responde a la necesidad de una percepción conjunta de lo espacial y lo comunicacional a la vista del avance de las tecnologías comunicacionales recientes. Diferentes propuestas valoradas anónimamente y puntos de vista encargados a expertos reconocidos, aportan perspectivas socioantropológicas y estudios de comunicación, para dar una rica visión de conjunto de la amplia temática abordada.

El desarrollo separado de la sociología urbana por un lado y de los estudios comunicacionales por otro está modificándose ante sus insoslayables cruces. A las conexiones entre ambas zonas de conocimiento se dedican los textos del dossier que estamos presentando. Como prueba de la fecundidad de este enfoque, los trabajos que siguen ofrecen visiones no convencionales del funcionamiento del espacio y de las comunicaciones en las metrópolis, redefinen la intimidad en la globalización, las incertidumbres y el sufrimiento en las redes, así como los modos en que los podcast contribuyen a disfrutar el turismo.

Podemos mirar la ciudad como modos de organizar el espacio para habitarlo, como barrios y redes de transporte que los interconectan, usos de recursos físicos, lugares de trabajo y ofertas culturales: es lo que suelen hacer los estudios de economía, sociología y antropología urbanas. También sabemos que las ciudades son lugares donde se concentran las industrias culturales y los servicios comunicacionales que las vinculan internamente y con el mundo: así lo demuestran los estudios comunicacionales y los análisis sobre la globalización.

La integración de las perspectivas socioantropológicas y comunicacionales comenzó a desenvolverse desde fines del siglo pasado ante las cotidianas evidencias de que la expansión de los medios masivos interconectaba a las zonas de cada ciudad y a estas con otras, contribuía a orientar las prácticas y formar imaginarios sobre cómo vivir en las urbes, enfrentar la inseguridad, aceptar o rechazar a los diferentes.

La percepción conjunta de lo espacial y lo comunicacional se vuelve más imperiosa con el avance de las tecnologías comunicacionales recientes. ¿Puede diferenciarse la vida doméstica atravesada por la televisión, los ordenadores e Internet de la vida urbana en la que los celulares transmiten datos íntimos y las cámaras de videovigilancia controlan los comportamientos más personales? ¿Cómo se articulan las estructuras colectivas y la creatividad desarrollada solitariamente y articulada en grupos y redes gracias a la interconectividad digital? Las nociones de intimidad y sociabilidad cambian a la vez por el impacto de tecnologías nuevas y por los usos diversos que les dan distintas generaciones. Las diferencias antiguas entre lo público y lo privado se reelaboran y requieren otras políticas sociales y culturales.

Los textos que se leerán a continuación surgen de investigaciones realizadas en España y en América Latina. ¿Qué nueva perspectiva sobre la ciudad alcanzamos si nos preguntamos sobre los modos de habitar Madrid no desde el trazado urbano, el tráfico y los servicios públicos, sino desde lo doméstico, lo privado y lo íntimo? Francisco Cruces, director del Departamento de Antropología Social y Cultural de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, que viene estudiando desde hace dos décadas las fiestas y la vida pública en la capital española y en Ciudad de México, intenta comprender en los últimos años la reconfiguración de lo personal. Lo hace en un registro distinto de quienes lo piensan subordinándolo al consumo y al orden del trabajo. A través de una serie de ‘talleres de autoexploración colectiva’ con jóvenes y no tan jóvenes, llega a etnografías en las que los consumidores aparecen como prosumidores, o sea que consumen produciendo, empleando sus equipamientos domésticos (smartphones, ordenadores) para interactuar fuera de las convenciones familiares y urbanas. Las narrativas de vínculos interpersonales, en tanto dramas con el orden y el desorden urbanos, ‘aúnan la condición de singularidad’ y una cierta universalidad.

Las migraciones de lo rural y lo urbano, expandidas desde la mitad del siglo XX, han modificado radicalmente la estructura de las ciudades y sus comunicaciones con el campo y con el conjunto de cada nación. Por lo general, los recién llegados se instalan en las periferias. ¿Cómo acceden al centro, a barrios históricos y diversiones actuales? ¿Qué nuevas cartografías trazan los jóvenes al ligar, al citarse y usar tanto espacios tradicionales como los que ellos crean? ¿Cambian los comportamientos al irrumpir los teléfonos móviles, los nuevos modos de localización y también las maneras de transterritorializarse, como ocurre cuando los hijos de inmigrantes se vuelven jóvenes ‘Erasmus’ o se movilizan en las protestas del 15-M? De todo esto nos habla el artículo de Fernando Monge, en el que combina documentalmente sus descripciones de antropólogo con la memoria de su experiencia personal reelaborada en diálogo con la bibliografía internacional.

Una visión estereotipada de los medios ha registrado las maneras en que la televisión y el cine documentan los padecimientos individuales y colectivos. En oposición, se atribuye a Internet y las redes sociales los méritos de la comunicación fluida y el goce de la conexión inmediata. ¿Por qué, entonces, nos produce angustia olvidar o perder el móvil o la laptop?, se pregunta Rosalía Winocur, autora de uno de los estudios de campo más innovadores, Robinson Crusoe ya tiene celular, donde ya en 2009 había mostrado el decisivo papel del móvil para conjurar las incertidumbres urbanas. En realidad, la administración de nuestras intimidades públicas y privadas que facilitan Facebook o Twitter están fuertemente vinculadas a malestares y sufrimientos. Como lo revelan las entrevistas que analiza, estos medios hacen que el dolor personal trascienda el círculo de familiares y amigos para integrarse a ‘observatorios colectivos’. Son de destacar las páginas en que examina lo que significa suicidarse antes o después de Facebook: ¿Cómo se combinan la exhibición del dolor, el voyeurismo y la esperanza de complicidad?

En estos pocos párrafos ya he hablado varias veces de ‘mirada’ y de ‘visión’: el lenguaje de las Ciencias Sociales -y el discurso ordinario- están sesgados por el predominio de la relación visual con la sociedad. Desde Platón a Descartes, desde Adorno a Sloterdijk, como leemos en el recorrido prolijo de Martin Jay (Ojos abatidos, 2009), la vista aparece como «el más noble de los sentidos». El artículo de Israel V. Márquez se inscribe en esa línea heterogénea de pensadores que sospechan de lo que suele llamarse con una palabra de pronunciación incómoda: ocularcentrismo. Pero no lo hace con los argumentos históricos y filosóficos de Foucault, Barthes o Derrida, sino prestando atención al creciente papel de los sonidos, del habla y de la música en la vida urbana. Desde el walkman hasta el móvil, habitamos la ciudad con los oídos. Este giro está influyendo sobre el turismo. A diferencia de las épocas que nos entrenaban como turistas con mapas, fotos e indicaciones de lo que hay que ver, el sound seeing podcast transmite relatos de los usuarios de las ciudades que proponen alternativas orales para emplear otros sentidos: saborear, tocar, beber, escuchar. Hace décadas que las audioguías o los audiotours fomentan la conexión sonora con los lugares que visitamos, pero las recientes tecnologías de la información propician una mayor libertad de los usuarios que descargan blogs, participan en redes, diseñan su propio itinerario en intercambio con experiencias y comentarios de muchos otros. El turista como agencia de viajes, los microrrelatos de muchas voces que permiten ‘ver’ de otros modos la ciudad al hacer que la visión se nutra de los sonidos y las demás formas de sensibilizarnos con el entorno.

Con el ánimo de recoger puntos de vista particulares sobre las interacciones presentes entre ciudades y redes, entre información y sentido crítico, pedimos a tres expertos no que nos contaran una investigación, sino que se focalizaran en una experiencia. André Dorcé expone sus reflexiones como defensor del televidente en el Canal 22 de México: ¿De qué hay que defenderlos? ¿La defensoría puede empoderar a las audiencias? ¿Puede lograr cambios en la relación de los medios con la sociedad?

Alejandro Grimson reconoce la heterogeneidad de la y las cultura/s eligiendo un conjunto de situaciones urbanas en las que conviven las temporalidades: el pasajero del transporte subterráneo que lee un libro junto al que usa un iPod como walkman y el que escribe en un viaje veinte mails. «La Red, sabemos, es una realidad. La realidad, sabemos, no es solo la Red».

La alarma sanitaria provocada por el virus de la influenza H1N1 en México durante 2009 mostró la fragilidad del orden urbano fundado en la interacción presencial. Pero a la vez, dice Rossana Reguillo, mostró que los tejidos de comunicación digital «organizan ciudades invisibles que no se dejan decir desde la oposición público-privado».

Por distintos caminos, estos textos sugieren maneras novedosas y flexibles de pensar la coexistencia de comunidades históricas, como las de la territorialidad urbana, y las grandes o mínimas comunidades que se construyen en las redes. Si la ciudad, como tantos han dicho, puede leerse y escucharse como discurso, y la red-circuito a su modo también es espacio e interacción entre cuerpos, necesitamos saberes transversales a las disciplinas que fragmentan lo social. O que lo separan de la intimidad, de lo privado. Sin duda, no es ajena a la variedad de enfoques que aquí se ofrece que cada uno de los autores de estos artículos tenga afiliaciones a varios caminos del saber: antropólogos o sociólogos que también estudiaron comunicación, o comunicólogos que hacen etnografía. Aunque prevalecen los perfiles antropológicos, todos tienen antenas en otras ramas. En fin, indisciplinados.

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TELOS – Revista número 93 – Octubre – Diciembre 2012