Antropología urbana. Nuevas espacialidades y los sentidos cambiantes de la periferia

Por Fernando Monge
Este artículo aborda un fenómeno urbano emergente: cómo en Madrid los nuevos jóvenes de las periferias se aproximan de vuelta a los viejos centros urbanos y cómo su experiencia construye nuevos espacios, que combinan la dimensión física con la virtual.

Hace algunos años -es sábado por la tarde- unos amigos han bajado a visitarnos desde la Sierra (suburbios del Norte y Oeste de la ciudad de Madrid). Ese día salimos a pasear por los alrededores de nuestra casa, nos vamos a tomar un helado. La hija de mis amigos camina a mi lado cuando pasamos frente a un cine, ella exclama: «¡Anda! ¡Hay cines en la ciudad!».

Todos nuestros visitantes son madrileños(1); ellos, los padres, se mudaron a los suburbios cuando se casaron; no querían alquilar en la ciudad, soñaban con una casita con jardín. Sus hijas e hijos, ya adolescentes, también nacieron en Madrid, pero en el tiempo en que se produjo esta anécdota solo lo visitaban cuando sus padres ‘bajaban’ a la ciudad.

Nos separan menos de cuarenta kilómetros y gracias a la autopista el recorrido entre su casa y la nuestra no consume más tiempo que el que los habitantes del centro de la ciudad dedicamos a nuestros desplazamientos cotidianos. Para esos jóvenes -como para otros, luego pude comprobar- ir en el metro era un espectáculo en sí mismo. Su Madrid, el Madrid de esos preadolescentes, era muy diferente al mío. Se componía de las Cabalgatas de Reyes, algunas visitas a museos y exposiciones, los interiores de la casas de los pocos familiares que permanecen en la ciudad; pues sus compañeros de escuela y los amigos de sus padres viven también en los suburbios, a veces separados por largas distancias que solo se pueden recorrer en coche.

Desde ese día en que un comentario casual me mostró con toda crudeza que los suburbanitas eran un tipo distinto de madrileño, me he preocupado desde una perspectiva diferente por las relaciones entre suburbio y ciudad. ¿De qué modo las personas se relacionan con la ciudad? ¿Cómo la habitan, ocupan y transforman día a día?

Más que las grandes narrativas que teorizan sobre las ciudades como grandes catalizadores de la globalización me preocupo por las personas, por sus relatos de la ciudad, cómo se mueven por ella y de qué modo espacios acotados por estructuras físicas, como los edificios, las aceras, los bancos, los aparcamientos o los pasos de peatones, y regulados por normativas municipales y reglas de urbanidad pueden vivirse y transformarse de modos insospechados, a veces simultáneos.

La ciudad desde la calle

Se trata de mirar a la ciudad por medio de sus relatos (Finnegan 1998), siguiendo sus paseos y recorridos; es decir, aplicando la perspectiva desde la que los antropólogos nos sentimos más cómodos. La ciudad, sus transformaciones y desajustes, se ha convertido desde hace unos años a esta parte en un tema de interés prioritario para muchos investigadores. En alguna medida este cambio no es casual, hemos seguido a nuestros sujetos tradicionales de estudio a las ciudades y hemos descubierto cómo la creciente urbanización del planeta ha ido eliminando de nuestro horizonte esos espacios, a menudo imaginarios, de un mundo atemporal aislado de Occidente.

Hemos aprendido a percibir de un modo crítico nuestro papel en las transformaciones, a las que a menudo asistíamos creyendo que nosotros solo éramos testigos. Y hemos descubierto que no solo no es fácil trabajar en entornos como la ciudad sino que, sobre todo, es muy difícil dirigirse y conectar con el público al que tendríamos que dirigirnos. Existen, sin duda, excepciones notables y trabajos sobre exclusión social o grupos específicos acotados dentro de la urbe; sin embargo, la etnografía se topa con graves problemas a la hora de abordar la ciudad como objeto de estudio en sí mismo. Volvemos al viejo dilema de si la antropología trabaja en o sobre las ciudades (Pardo, 2012; Monge, 2012).

Aquellos colegas -en su inmensa mayoría estadounidenses- que se han dedicado a las transformaciones generales de la ciudad han optado por una visión crítica de las dimensiones de planificación y de los discursos globalizadores. Los urbanistas y sociólogos que la abordan de un modo etnográfico suelen ubicarse en las grandes narrativas sobre la globalización o en un lugar de debate a media distancia entre los relatos de los habitantes de la ciudad y aquellos poderosos que la modifican.

Existen trabajos antropológicos que muestran el artificio de espacios urbanos que parecen dados (Delgado, 2011) y perspectivas analíticas y teóricas que nos ayudan a bajar a la calle sin perder el cuadro general (García Canclini, 2007), sin que este oscurezca los relatos y la vida de las personas con las que compartimos nuestra vida en la ciudad (García Canclini, 2004) o ponga en su contexto la desaparición de los grandes relatos que unificaban las visiones del mundo (García Canclini, 2010). A menudo, como en muchas otras disciplinas, las ideas más renovadoras se encuentran en aquellos trabajos que obedecen a la tradición antropológica más canónica.

Cartografías del desarrollo

«Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas del monte. Este arte lo aprendí tarde, cumpliéndose así el sueño del que los laberintos sobre el papel secante de mis cuadernos fueron los primeros rastros. No, no los primeros, pues antes hubo uno que ha perdurado» (Benjamin, 1990, p. 15).

No es fácil integrar la investigación sobre los espacios urbanos, en particular sobre los espacios renovados, sin caer en los relatos, oficializados como historias, de la ciudad. Pero nos quedan las aceras (Loukaitou-Sideris y Ehrenfeucht, 2009), los parques y transportes públicos, así como otras áreas de interacción, y a veces colisión, relativamente abiertas a todos. Las personas, frente a la densidad sonora, de imágenes, individuos, símbolos, historias e informaciones de la ciudad, contraponemos nuestras propias imágenes, símbolos, historias e informaciones, pero sobre todo nuestros recuerdos, sentimientos y nostalgias, que nos anclan a un territorio fuertemente pautado y limitado por el espacio construido (Cruces, 2007).

La adolescencia en la ciudad, como la de Walter Benjamin en Berlín a principios del siglo XX o las derrotas de los artistas por ciudades europeas que describen Rainer María Rilke o Julio Cortázar, constituye en mi opinión un excelente punto de partida y perspectiva desde la que podemos enfrentar la ciudad, particularmente nuestra propia ciudad. Nos muestra la ciudad en construcción y como alternativa mejor que las rutinas de la ciudad de los mayores que, en el caso de la clase media, tendemos o queremos considerar como estabilizada.

Crecí, como mis amigos hoy suburbanitas, en una ciudad que comenzaba a sacudirse una larga posguerra y la atonía social y cultural de los proyectos del franquismo. Madrid, en la década de los años sesenta del siglo pasado, inició un intenso proceso de crecimiento económico que se fundamentó en un acelerado desarrollo industrial y demográfico (Observatorio Metropolitano, 2007, pp. 95-150; Monge, 2002). Madrid sufrió un radical crecimiento demográfico desde finales de la década de 1950; tanto que en los setenta había duplicado su número de habitantes.

La nueva ciudad, surgida del desarrollismo industrial y la inmigración, no rompió el tradicional eje Norte-rico y Sur-pobre (una frontera que el lenguaje popular definía como barrio alto y bario bajo, asociando las peculiaridades topográficas de la ciudad con el nivel económico y social de sus residentes). Los inmigrantes, procedentes de las áreas rurales más deprimidas del país, ocuparían, al igual que los complejos industriales en los que se empleaban, la periferia Sur y Este de la ciudad.

El Madrid que los madrileños reconocen como tal, y que se limita a su área central -hoy definida aproximadamente por la calle de circunvalación M-30- vio crecer un anillo de nuevos barrios y ciudades dormitorio en su áreas Sur y Sudeste. Los pueblos cercanos de ese perímetro, también incorporados a esa misma franja, se convirtieron en nuevos núcleos con un urbanismo en el que los elementos rurales todavía eran bien visibles. Madrid se convirtió en una ciudad fundamentalmente dual en la que el centro era el referente y eje simbólico que aglutinaba la ciudad y la periferia, los nuevos barrios de los inmigrantes y clases más modestas próximos a las fábricas (el Corredor del Henares, Vallecas, Usera, Villaverde, Getafe…), un territorio invisible para aquellos madrileños y madrileñas del centro cuyo mayor rasgo de identidad es que habían llegado antes a una ciudad compuesta de olas inmigratorias de todo el país.

Los jóvenes de entonces, como los jóvenes de hoy, comenzábamos a adentrarnos por una ciudad y a perdernos por espacios que ya estaban fijados con anterioridad. En Madrid, como en otras muchas ciudades españolas, los jóvenes de esas periferias podían ‘subir’ al centro, generalmente por razones lúdicas, y los habitantes del centro -los que se percibían como legítimos habitantes de la ciudad- consideraban esas ‘visitas’ como amenazantes incursiones.

Los polos que atraían a una juventud de recursos económicos muy limitados eran aquellos en los que existían parques, barrios húmedos poblados por numerosos bares o calles con múltiples cines entre los que elegir película. Existían también zonas en las que alguna discoteca o sala de fiestas anclaba grupos juveniles que se definían más por su nivel económico que por las hasta entonces relativamente poco diferenciadas subculturas juveniles. La juventud ya estaba, a mediados de la década de 1970 y principios de los ochenta, bien fragmentada social, cultural y económicamente; es necesario destacar que es en la adolescencia cuando los rasgos identitarios se tienden a asociar más con grupos específicos de sociabilidad y que la ciudad permite su expresión y desarrollo bajo un manto de anonimato que no ofrecían los entornos cercanos del barrio periférico o nuestro espacio de origen. Con la adolescencia, llega la posibilidad de ir más allá de la calle y la plaza a la que podíamos bajar a jugar con seguridad y la ciudad se convierte en el espacio de sociabilidad esencial.

TELOS -Revista número 93 – Octubre – Diciembre 2012

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