Protagonistas del dolor, propio y ajeno. Sufrimiento y performance en las redes sociales

Por Rosalía Winocur
Este artículo aborda las diversas expresiones del sufrimiento en las redes sociales como catalizadores simbólicos del miedo, la incertidumbre y la precariedad de nuestro tiempo, que trascienden desde el punto de vista social la compulsión narcisista por exhibirse o la voyeurista de mirar sin ser visto.«Entre la tristeza y la nada elijo la tristeza»

(William Faulkner)

En el siglo XX, la televisión y el cine recrearon de múltiples formas los padecimientos humanos colectivos e individuales de forma realista, intimista o apocalíptica. Ante nuestros ojos desfilaron sin cesar imágenes y relatos de pobreza, discriminación, guerra, exilio, catástrofes, muerte, tortura, abandono, separación, desintegración, tortura, enfermedad, locura, incomunicación, angustia, soledad, decadencia o fracaso, que nos volvieron propia e íntima la experiencia de compartir el sufrimiento de los otros -reales o ficticios-, en la sala de cine o en el seno de nuestro hogar.

Observar y protagonizar el dolor en la Red

Con la llegada de Internet no solo podemos ser testigos, sino también protagonistas del dolor propio y ajeno. El despliegue y la actuación de diversos padecimientos en la Red permiten ventilar el dolor y al mismo tiempo, junto con el celular, constituyen una poderosa fuente de consuelo disponible, permanente e instantánea, para aliviar el sufrimiento social y personal que provocan las enfermedades físicas y mentales, la precariedad social y laboral, la amenaza de disolución familiar y el riesgo de fragmentación biográfica (Winocur, 2009).

También nos brindan la posibilidad de recrear y nombrar permanentemente los vínculos afectivos, generando realidades paralelas donde se multiplican los escenarios que nos confirman una y otra vez que existimos y que los otros existen para aliviar la incertidumbre del presente y del futuro. Por eso nos produce tanta angustia olvidar o perder el celular o la laptop más que cualquier otro objeto, porque apreciamos profundamente no solo la posibilidad de cargar, guardar o recuperar nuestra biografía, sino la de rehacerla y manipularla (Winocur, 2009).

Con un solo clic podemos acceder a todo lo que hemos olvidado o extraviado en el camino: amigos de la infancia, compañeros de la secundaria, novios de la adolescencia, parientes en el extranjero, el árbol genealógico, amores platónicos, recetas familiares, imágenes de la niñez o canciones de moda en nuestra juventud. Con varios clics más, la identidad y el cuerpo pueden ser objeto de recomposición y la biografía puede rehacer su sentido individual y social, reinventándose a sí misma: «Practicar el arte de la vida, hacer de la propia vida una obra de arte, equivale en nuestro mundo moderno líquido a permanecer en un estado de transformación permanente, a redefinirse perpetuamente transformándose (o al menos intentándolo) en ‘alguien distinto’ del que se ha sido hasta ahora […], Para exponer al público a un nuevo yo y admirarlo en un espejo y en los ojos de los otros, uno necesita sacar de su vista y de la vista pública al viejo yo y, posiblemente, también de su propia memoria y la de los demás. Cuando emprendemos una ‘autodefinición’ y una ‘autoconfirmación’ practicamos una ‘destrucción creativa’. Día tras día» (Bauman, 2009, p. 93).

En el sentido expuesto, Internet constituye el recurso más popular y aceptado para experimentar con nuestro yo, sin que eso tenga -en la mayoría de los casos- consecuencias determinantes sobre las relaciones afectivas y laborales, ni los lugares que ocupamos socialmente. Y eso nos ofrece una oportunidad inédita de jugar a ser otro -o muchos otros- impensable en el pasado, donde cualquier ‘actuación’ fuera de lo esperado y aceptable en la condición social de los sujetos hubiera sido inmediatamente estigmatizada, censurada o tachada de demente.

«En el pasado, ese rápido merodear por diferentes identidades no era una experiencia fácil de conseguir […] ahora en los tiempos posmodernos las identidades múltiples ya no están en los márgenes de las cosas. Hay muchas más personas que experimentan la identidad como un conjunto de roles que se pueden mezclar y combinar, cuyas demandas diversas necesitan ser negociadas» (Turkle, 1998, p. 228).

La angustia de estar conectados: adicción a las TIC

En el mismo sentido, el dolor ha diversificado su anclaje en la experiencia del yo cuando puede desdoblarse en diversas actuaciones on line y off line. Internet nos ofrece una plataforma simbólica con múltiples escenarios y máscaras para la actuación performática del dolor. En estas nuevas condiciones de producción del yo, donde todos tienen la posibilidad de trascender públicamente y diversificar su yo, la actuación del sufrimiento, como otras expresiones de nuestra intimidad, se ha vuelto un acto de naturaleza profundamente reflexiva, no solo porque producimos performances destinadas a alimentar nuestra ‘intimidad pública’, sino también porque, a diferencia de lo que ocurría antes, donde ciertos espacios y tiempos nos indicaban que aquí comienza el reino de la intimidad y aquí se acaba -como el adentro o afuera de la casa o de las habitaciones, el cuerpo desnudo o vestido, o el cuerpo sano o sufriente-, han perdido mucho de su eficacia simbólica para marcar las fronteras.

La intimidad, en ese sentido, no puede darse por hecha, ya no forma parte de los ‘como si’ de la vida diaria, ni de lo que tradicionalmente se entendía por privacidad. La intimidad es algo que voluntaria y permanentemente hay que construir y administrar: estamos obligados a decidir cuándo estar visibles y cuándo no, qué decir, cómo hacerlo, quién será el destinatario aparente y quién el verdadero, quién debe quedarse y quién eliminarse de nuestra lista de contactos y cómo cuidar que los que mantenemos separados en la vida fuera de línea no se mezclen en la vida on line (Winocur, 2012, p. 84).

Y este esfuerzo de administración de nuestras intimidades ‘públicas’ y ‘privadas’ constituye una fuente de ansiedad permanente que se manifiesta en comportamientos compulsivos y adictivos al uso de las TIC. Estar desconectados nos genera mucha angustia porque nos sentimos invisibles y excluidos, pero estar conectados también nos provoca mucha ansiedad porque nos sentimos perentoriamente convocados a tener un lugar visible en la vida de los otros y, sobre todo, a ‘mirar’ la vida de los otros: «Las ofertas tecnológicas en su multiplicación exponencial ofertan a las pulsiones amplias y fuertes fantasías de realización. A la mayoría de los seres humanos los domina impetuosamente la voracidad, el mirar disecante, la escucha de lo que se les rehúye […] Como puede relatar cualquier habitante de barrio, pueblo chico, casita de villa o edificio de departamentos, la mirada y el oído curiosean filosamente rasgos de los prójimos y de los otros en general. A todas esas pulsiones les dan nuevo alimento las nuevas tecnologías. El sobrepeso de su consumo es así resultado de cómo se articulan con la red pulsional que, a la vez que nos energiza, nos esclaviza» (Rodríguez, 2007, p. 6).

No es solo un síndrome de abstinencia digital lo que sufren los sujetos cuando por alguna razón quedan desconectados, sino un trauma de separación, una angustia de invisibilidad y una amenaza de exclusión (Winocur, 2009). Giddens (1992) nos ofrece una explicación interesante, donde la adicción a las nuevas tecnologías podría actuar, al igual que en el caso de otras adicciones, como un recurso de sustitución para afrontar la orfandad en la que nos deja el quiebre de las certezas que nos proveían los grandes relatos colectivos que le daban sentido a nuestras biografías individuales y que también encarnaban en el pasado familiar. La adicción, en ese sentido, nos dice Giddens (1992), es sintomática de la ‘autonomía congelada’, entendida como la dificultad de ejercer los márgenes de autonomía que nos habilitó la modernidad para independizarnos de la tradición y asumir la cuota de riesgo e incertidumbre que lleva implícita como una impronta cultural: «Una sociedad que vive al otro lado de la naturaleza y de la tradición […] exige tomar decisiones, tanto en la vida cotidiana como en el resto de las esferas. El lado oscuro de eso es el aumento de las adicciones y compulsiones […] Como la tradición, la adicción tiene que ver con la influencia del pasado sobre el presente; y como en el caso de la tradición, la repetición tiene un papel crucial. El pasado en cuestión es más bien individual que colectivo, y la repetición está impulsada por la ansiedad. Veo la adicción como autonomía congelada. Todo contexto de destradicionalización ofrece una mayor libertad de acción de la que existía antes.

Hablamos aquí de emancipación humana de las ataduras del pasado. La adicción entra en juego cuando la elección, que debiera estar impulsada por la autonomía, es trastocada por la ansiedad. En la tradición el pasado estructura el presente a través de creencias y sentimientos colectivos compartidos. El adicto también es siervo del pasado, pero porque no puede romper con lo que al principio eran hábitos de vida libremente escogidos» (Giddens, 1992, p. 59)

TELOS – Revista número 93 – Octubre – Diciembre 2012
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