Brecha digital: derecho vs oportunidad de acceso

Por Alba Onrubia García

Desde la revolución industrial, nuestro modelo de desarrollo se ha acelerado en torno al dogma del crecimiento económico ilimitado de las economías nacionales, en la lucha por la dominación de los mercados internacionales con “sana competitividad”, como concepto sinónimo de bienestar. Para que la máquina del desarrollo del crecimiento funcione según esta perspectiva hacen falta dos ingredientes fundamentales: una producción de masas que maximice los beneficios al menos coste posible y, una masa de consumidores que vea la “necesidad” insaciable de consumir dicha producción. En la cumbre de este paradigma encontramos el espacio donde la técnica, la tecnología y la ideología se concentran para dar eco a esta idea de crecimiento: las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).

Las teorías sociológicas [1] apuntan a que Internet ha generado una nueva forma de comunicación y organización en las sociedades, denominándola “sociedad de la información” y que esta forma se extiende a nivel global. Las bases de esta “nueva sociedad” ya existían previamente, lo que han cambiado son los factores globalizadores y el flujo de informacio multiplicando las posibilidades de comunicar más, y más rápido. Las teorías más optimistas de la llamada “sociedad de la información” ven en las TIC el motor del desarrollo económico y social si estas son integradas en todos los procesos productivos. Esto se debe a que las TIC facilitarían la entrada de las economías de mercado nacionales en los mercados globales lo que favorecería la competencia y ajustaría de forma espontánea las condiciones del mercado favoreciendo a los consumidores.

Las TIC no sólo serían (junto al desarrollo del marketing, la obsolescencia programada de los productos y el crédito, como señala Serge Latouche [2]) el instrumento para facilitar el acceso a una sociedad de masas como nunca antes habíamos podido imaginar, a la que vender los productos que se habían creado para ella; sino que, sobre todo, las TIC han generado un nuevo mercado y facilitado que otros sectores industriales se inconporen a esa inmediatez del flujo. En el 2000 se dio el llamado “boom digital” que supuso un crecimiento exponencial del mercado de las TIC en los países de economías más desarrolladas y confirmó a los defensores de esta teoría, que las TIC serían la nueva receta para el desarrollo de los países del Sur, quienes al incorporarlas en sus economías verían reducir e incluso superar (gracias a una reapropiación creativa para sus propias necesidades) la exclusión de la globalización.

Ese fuerte crecimiento pronto se vio frenado por un mercado que aparentemente no daba más de sí, o que en palabras de los economistas [3], presentaba un amplio grado de “madurez”. Sin embargo, no impidió que la teoría del desarrollo digital se impusiese en los diferentes planes de las organizaciones internacionales y gubernamentales a la hora de diseñar las estrategias de desarrollo de los países del Sur, viendo como estas economías periféricas podían constituir una puerta muy seductora al mercado de las telecomunicaciones y a la sociedad de la información masiva. Así, se generalizará el concepto que entró a formar parte de la esfera política en la reunión del G7 del 2000 en Okinawa, donde se determina como “uno de los principales nortes el desarrollo de la sociedad de la información” [4] y la “brecha digital” toma espacio dentro de estos debates definiéndose “como el máximo impedimento para el desarrollo”.

¿QUÉ ES LA “BRECHA DIGITAL”?

Los estudios, informes y encuentros que se han hecho al respecto parten de la suposición de que existe una relación directa entre las TIC y el desarrollo. Esta presuposición no es nueva, como bien apunta Kemy Camacho al señalar que “la relación entre tecnología y desarrollo ha sido muy frecuentemente percibida como una relación lineal” haciendo referencia a los acuerdos alcanzados en los años 60-70 en el marco de las políticas de cooperación bilaterales con América Latina sobre “transferencia tecnológica”. Pero no hemos de olvidar que ya entonces estas políticas sirvieron en muchos casos para abrir mercados de segunda mano en el Sur, donde traspasaron la vieja maquinaria que había quedado obsoleta en el Norte o para la deslocalización de las grandes empresas occidentales gozando de ciertos privilegios.

Más allá de las críticas que señalan que la llamada “sociedad de la información” no es sino una versión actualizada del imperialismo cultural de Occidente, especialmente porque se favorecen esquemas de dependencia tecnológica; el concepto de brecha digital ha sentado los inicios del debate sobre las asimetrías que se producen entre los estados y al interior de los mismos, entre los que tienen acceso a las nuevas tecnologías y los que no lo tienen. Así la brecha digital es definida como “la separación que existe entre las personas, comunidades, estados, países, con respecto al acceso a las TIC y su uso” [5].

UN TÉRMINO COMPLEJO

La esfera internacional es consciente de este fenómeno de la globalización y la sociedad de la información y comienza a visibilizarse la problemática derivada de estos “progresos” tecnológicos en materia de desarrollo. Ya en la Declaración del Milenio del 2000, se dedica una de las metas del octavo objetivo a la disminución de la brecha digital: “En cooperación con el sector privado, dar acceso a los beneficios de las nuevas tecnología especialmente las de la información y las comunicaciones” (obsérvese el énfasis en el sector privado). Será en 2003 cuando se cree el primer evento internacional organizado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), con el objetivo de diseñar un plan de acción para reducir la brecha digital. La Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (CMSI), mostró que mientras el 58,6 por ciento de los habitantes de los países desarrollados tienen acceso a Internet, en los países en vías de desarrollo apenas llega al 10,2 por ciento [6].

Observamos como los diferentes debates que se plantean desde las teorías de la brecha digital y las dos CMSI enfatizan en la falta de acceso como falta de medios y en consecuencia sus medidas políticas, sociales y económicas se quedan en la superficie de un problema más complejo, interrelacionado y sobre todo, estructural. La brecha digital vista de forma aislada ha llevado a implementar políticas, con grandes dotaciones económicas invertidas en productos e infraestructuras, que finalmente han beneficiado principalmente a las grandes corporaciones occidentales, quienes han conseguido entrar con gran facilidad en los mercados de América Latina entre otros (véase el caso de Telefónica [7]) y hacerse con sectores públicos estratégicos para estos países.

La falta de acceso es un problema estructural, donde el nivel socioeconómico, educativo, la dotación en capacidades para el uso de las nuevas tecnologías, la cobertura de las necesidades básicas para poder acceder a un desarrollo integral de la persona, entre otros, son elementos necesarios que deben tenerse en cuenta a la hora de diseñar un plan integral8. Una vez más queda patente que la falta de oportunidades para una mayoría de la población no es un problema de recursos, sino de voluntad política visible en las negociaciones de la CMSI donde las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, siguen primando la protección de la propiedad intelectual y los derechos de autoría sobre la idea de software libre y socialización del conocimiento como instrumentos de inclusión digital, lo que pone de manifiesto las intenciones proteccionistas hacia los conglomerados empresariales de las potencias occidentales. Esto supone relegar a los países del Sur al papel de meros consumidores de productos tecnológicos. Lo mismo ocurre con la implementación del “Fondo de Garantía Digital” mediante el cual los países de la CMSI querían poner en práctica la redistribución de los recursos generados gracias a las TIC, pero sin el acuerdo de obligatoriedad en la dotación de fondos todo quedó en agua de borrajas [8]

UN ENFOQUE DE DERECHOS HUMANOS

Un plan real para atajar la brecha digital entre países y al interior de estos debe pasar necesariamente por entender el derecho a las tecnologías de la información como un derecho fundamental, según lo que vienen desarrollando algunos teóricos como: “derechos humanos de cuarta generación”, sustentado en “la necesidad inédita de asegurar a todos los individuos el acceso a las TIC, fomentar el flujo y el intercamio de información, alentar la transferencia de conocimiento y estimular la innovación y formación de capital humano” [9]con el objetivo de crear entendimiento y compromiso solidario entre los pueblos, es decir, hacer posible la consecución de los DDHH de I, II y III generación. Sólo desde un enfoque donde se entiendan las TIC más allá del objeto en sí mismo, no como objetivo sino como medio a través del cual el acceso a la información pueda convertirse efectivamente en universal, que permita a las sociedades identificar y evlauar oportunidades de desarrollo autóctonas y mejorar la vida de sus comunidades gracias a unas políticas públicas integradas a esfera internacional que facilitasen la participación en la sociedad, en la economía, en el Gobierno y en los mismos procesos de desarrollo, puede hablarse de de un uso social de las TIC.

Desde los enfoques puramente instrumentales de las tecnologías como simples herramientas de acumulación y concentración de riquezas, desconectadas de los problemas transversales que rodean a la falta de acceso a las TIC, sólo se consigue un incremento de la dependencia de los países del Sur y, por consiguiente, el mantenimiento de la brecha.

REFLEXIONES

Al basarnos en la falta de acceso a las TIC como único problema y tratarlo de manera aislada al resto de “brechas sociales”, estamos generando recetas reduccionistas de lo que supone un problema más estructural que causal. Las TIC no son en sí mismas la causa de las asimetrías, del empobrecimiento o de la falta de recursos, sino que más bien se deben entender como un reflejo de las estratificaciones sociales, económicas, políticas, étnicas, de género, generacionales, de accesibilidad, etc. No se trata de una nueva división de la ciudadanía, sino que acentúa las ya existentes.

Finalmente, son las diferentes políticas (sobre todo la coherencia de éstas) y no la tecnología en sí misma, las que pueden determinar el rumbo hacia una apertura de oportunidades o hacía un estrechamiento de las mismas. Las medidas que valoren el uso de las TIC como mecanismo para el ejercicio dederechos, como instrumento para forjar redes, para fomentar el entendimiento, colaboración y conocimiento entre diferentes culturas dentro del pluralismo complejo que forma el mundo, para ejercer el derecho a la participación en la vida política o el derecho a la libertad de expresión, podrán hablar de una lucha por la reducción de la brecha digital. Sin embargo, quien vea en las TIC un nuevo mecanismo de mercado con el que crear mejor competitividad y la información como “tranquilidad” de inversión, no sólo no estará hablando de reducir las asimetrías, sino que las estará haciendo crónicas.

No obstante, no podemos obviar la hipocresía que supone hablar de cerrar brechas sin reflexionar sobre nuestro propio modelo de desarrollo occidental. Las oportunidades de acceso no son reales sin equilibrar nuestro modelo a las necesidades globales. Mientras nuestro sistema siga consumiendo el 80 por ciento de los recursos del planeta, será una falacia hablar de acceso u oportunidades. Sin una revisión del papel que están llevando a cabo las grandes corporaciones, los oligopolios mediáticos, energéticos y tecnológicos, así como el poder que éstos poseen sobre el diseño de las políticas, cualquier medida que se implemente será papel mojado. Para ello, la necesidad de hablar de un empoderamiento de las TIC por y para todo el mundo, implica una serie de mecanismos que pasan imprescindiblemente por una reconversión de la globalización hacia un trueque de saberes, donde primen los valores humanos sobre los económicos. En la actualidad, parece complicado imaginar que pueda darse este cambio, cuando el poder de las transnacionales crece, mientras la soberanía de los estados y del pueblo cae. Sólo queda esperar que la reapropiación de las TIC por la ciudadanía para reinventar las redes sociales genere una masa crítica capaz de romper brechas. Aunque no olvidemos que esas redes sociales no tienen porqué ser tecnológicas para que surjan efecto.


*Alba Onrubia García es periodista y colaboradora de Pueblos-Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el nº 48 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2011.

Notas

[1] Bouza, Fermín: Tendencia a la Desigualdad en Internet: La Brecha Digital (digital divide) en España

[2] Dannoritzer, Cosima: Documental Comprar, tirar, comprar; Producción de RTVE.

[3] Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información (ONTSI) (2011): La sociedad en Red; Informe anual 2010 p.28 http://www.red.es/media/registrados/2011-07/1311937534349.pdf?aceptacion=36629a33e176cb73 5865494614415e54

[4] Camacho, Kemly (2007): La Brecha Digital; en el libro colectivo: Palabras en Juego. Enfoques multiculturales sobre la sociedad de la información. Biblioteca Digital.

[5] Martínez, Evelio (2005): Evelio (2005): Entendiendo y definiendo la brecha digital; El Portal: labrechadigital.org; lunes, 17 octubre; El Portal: labrechadigital.org; lunes, 17 octubre 2005

[6] Mag. Licelli Gabriella Peñarieta Bedoya http://www.monogrofias.com/trabajos7/derechos-ciberespacios/derechos-ciberespacio2.shtml

[7] Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL): http://www.omal.info/www/

[8] D’Elia Branco , Marcelo (2006): Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, de Ginebra a Túnez; Periódico Diagonal Sábado 4 de febrero de 2006. Número 17.

[9] Ortega Martínez, Jesús: Sociedad de la Información y DDHH de la Cuarta Generación. Un desafío inmediato para el derecho constitucional. http://www.bibliojuridica.org/libros/4/1510/26.pdf

Fuente