A un año del #YoSoy132: lecciones de un México líquido

Todo comenzó un 11 de mayo de 2012, en la Ibero, cuando el entonces candidato Peña Nieto tuvo un (des)encuentro con estudiantes. ¿Por qué, si todo caminaba según planeado, protestaban estas personas? ¿De dónde salían? ¿Quién los manejaba? ¿Por qué se rebelaban unos “niños burgueses de universidades caras”?

Hace casi un año nació el movimiento #YoSoy132.

Hace casi un año se trastocó, aunque fuera por un rato, la narrativa de la inevitabilidad del triunfo de Enrique Peña Nieto, entonces candidato a la Presidencia de México.

Hace casi un año, las fichas institucionales trastabillaron.

Y casi un año después aparece el libro “#YoSoy132: la primera erupción visible” (de Jesús Galindo Cáceres y José Ignacio González-Acosta), y yo vuelvo a aplaudir a la academia dialogante que nos descoloca y obliga a replantear el ángulo desde el cual analizamos los sucesos. [O lo que es lo mismo: gracias Chucho y José Ignacio por haber escrito este libro].

Pero… aplíquese rewind, y hagamos tantita historia.

Todo comenzó un 11 de mayo de 2012, en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, cuando el entonces candidato Peña Nieto tuvo un (des)encuentro con estudiantes. Después, tras una andanada de descalificaciones de personajes cercanos al candidato (y al PRI) a lo ahí sucedido, se articuló lo que se convertiría en el primer movimiento estudiantil mexicano post Internet y Redes Sociales y Activaciones Digitales: #YoSoy132 [que nace de un video en el que aparecen 131 estudiantes de la Iberoamericana y dicen y cuentan… pero esa historia ya se ha narrado infinidad de veces].

Los “jóvenes” (en un genérico nunca del todo aclarado) brincaron a la escena política, y la conjugación de protestas, amplificación mediática e irrupción de voces antes no escuchadas, se sumaron para alimentar el desconcierto. ¿Por qué, si todo caminaba según planeado, protestaban estas personas? ¿De dónde salían? ¿Quién los manejaba? ¿Por qué se rebelaban unos “niños burgueses de universidades caras”? ¿Qué pasa?

Ola k ase protestando y descolocando al candidato o k ase?

En su momento, algunos insistimos en que lo sucedido en la Universidad Iberoamericana era un eslabón más en la articulación de un discurso de descontento de un amplio sector de la población que no encontraba asidero para sus horizontes simbólicos. Y que, por lo mismo, centrar demasiado la atención en el episodio impedía leer el más amplio vector de protesta que se estaba delineando. Pero los tiempos electorales no son propicios a los matices. Y la acotación quedó en eso.

Casi un año después de ese 11 de mayo aparece el libro “#YoSoy132: la primera erupción visible”. Y los autores colocan bien lo sucedido en la Universidad Iberoamericana como una anécdota. No más, pero sin duda no menos. Porque al decir que es una anécdota, enmarcan lo ahí sucedido en un hilo más amplio de descontento social y en un contexto más diverso de capacidades comunicativas. Galindo y González-Acosta llaman a lo que ahí pasó: la primera erupción visible de las comunidades estéticas. El #YoSoy132 no es un movimiento social territorial como los que conocíamos hasta entonces. Es un movimiento estético. El caso del #YoSoy132 no es un tema de opinión pública, sino de dignidad, dicen los autores, “esa cualidad que caracteriza a los movimientos estéticos contemporáneos”.

Y no, no estamos hablando de poesía. O no solamente.

Galindo y González-Acosta identifican muy bien que el #YoSoy132 fue una articulación momentánea, propia de una ecología mediática flexible y de identidades en redefinición, que se inserta en el deseo de un sector cada vez más amplio de la población por participar en movimientos que ofrecen sentido de comunidad pero “sin los costos de exclusividad de las anteriores, que blindan la pertenencia y condenan la tradición”. Lo dijo alguna vez Bauman cuando habló del mundo líquido. Lo dicen nuestros autores cuando confrontan esta forma de hacer sociedad (y comunicación) con la vieja manera jerárquica y rígida de entender la participación. Son dos cosmovisiones en colisión, el problema es que una tiene mano en el discurso dominante.

De lo que plantean Galindo y González-Acosta en su libro me quedo sobre todo con lo siguiente: los sistemas de comunicación de las comunidades estéticas son inestables, abiertos y frágiles, insertos en un tejido social que se diversifica y multiplica, que se hace más denso en sus conexiones “aunque parezca más débil en los controles y las institucionalizaciones”. Y me quedo también con el dato (porque el libro tiene de base una amplia investigación a nivel nacional) de que un 65% de los mexicanos con quienes se conversó al respecto, se considera “a la espera”. Es decir: esperan participar cuando el momento sea lo suficientemente relevante para hacerlo.

Una sociedad agazapada, pues.

Dos cosmovisiones enfrentadas (el mundo de la comunicación direccional y jerárquica; el mundo de la vinculación rizomática y distribuida); una sociedad a la espera. En ese marco, el #YoSoy132 convocó a los que se tenían que sacudir, sin necesariamente por ello sacudir las estructuras. Casi un año después podemos decir que la irrupción de esos “jóvenes” en el escenario político afirmó sobre todo la contradicción entre los mundos existentes. Habremos de ver si esa revuelta estética termina por erosionar los fundamentos de lo que ha sido. Suscribo la afirmación de los autores: quienes trataron de analizar (o minimizar) lo sucedido con el #YoSoy132, lo hicieron desde marcos de referencia obsoletos para entender la relevancia de un movimiento estético (que sólo después se institucionalizó en lo político-social). Toca ver con qué cuchara metodológica nos comemos este nuevo bocado.

Termina el texto de Galindo y González-Acosta con un fascinante apunte hacia la importancia de la conversación. Los autores ligan la dinámica de movimientos como el #YoSoy132 a la que tenían en su momento los cafés europeos del Siglo XIX. Y preguntan sobre el potencial constructivo de las conversaciones que se están generando en el ciberespacio. Fascinante la paradoja: vivimos en un mundo que celebra el tiempo real, la rapidez, pero los cambios sustantivos se dan a ritmo de conversaciones (que tienen el tiempo de la seducción, el convencimiento, el cultivo y la palabra). Decía Neil Postman en un texto fundamental sobre la necesidad de construir un puente hacia el Siglo XVIII, que para entendernos estamos obligados a reconocer dinámicas de conversación que van más allá de los tiempos electrónicos de una comunicación estridente. Por lo tanto, el #YoSoy132 nos obliga a ir más allá de sí mismo y reconocer el vector en que se inscribe. De otra forma estaríamos cayendo en el fetichismo del suceso. Y pues eso no ayuda a nadie.

Me faltó en el libro de Galindo y González-Acosta la reflexión narrativa: ¿de dónde sacan los jóvenes su animadversión a un sistema que no vivieron? [el papel de los padres de familia, como transmisores de ese continuo simbólico]. Y tal vez matizaría el tema edad: no creo que esté en juego un sistema de “jóvenes” frente a un sistema de “adultos”. Creo que están en juego dos cosmovisiones, con sus dinámicas comunicativas y sus horizontes de construcción de poder. Pero en este mundo hay muchos jóvenes viejos, y aún quedan muchos viejos jóvenes. Ahí también toca subvertir categorías.

Dice la mayoría de las personas interrogadas para el estudio que sustenta al libro, que la máxima preocupación que tienen, en México, es la de una policía corrupta, que no atiende a la población. También la imposibilidad de “ganar mejor por el trabajo que hacen”. Y ya entrados en materia, no es mucho el “orgullo nacional”: no más del 40% dice sentirse orgulloso de ser mexicano. Impunidad y desapego, vaya fórmula para un coctel en ciernes.

En fin.

Hace casi un año nació el movimiento #YoSoy132. Hoy recomiendo que lean el libro de Jesús Galindo Cáceres y José Ignacio González-Acosta. Ayuda a entender.
Portada del Libro

Fuente: Animal Político